Historia

De chiquito dibujaba a las personas de color amarillo pero sin brazos, mi tía la psicóloga, decía que el amarillo reflejaba mi felicidad, pero la gente sin brazos hablaba de mi problema para comunicarme con los demás.

Lo del color amarillo no estoy tan seguro pero sobre comunicarme con los demás, doy fe que es así.

Con pocos amigos y pintando mucho, termino mi secundaria queriendo seguir bellas artes. Mi profesor de dibujo Benedetti tuvo mucho que ver con eso, imagine su importancia en mi vida, que mas de 35 años después le dedico esta línea.

Pero a veces uno tranza con la vida dejándose engañar por una seguridad ficticia o promesas de un buen estándar de vida y termino estudiando Ciencias Económicas, tirando el idealismo de la secundaria a la papelera de reciclaje.

Gracias a Dios no vacío la papelera y hago la Facultad en paralelo con talleres de pintura, muy raro cursar Economía con pinceles y oleos. Sinceramente fui un mal estudiante.

La vida te lleva, me recibo de Contador, me caso con Paula, llegan los chicos (Renzo, Gianluca y Chiara) y parece que la pintura desaparece, pero no…

Antes de los cuarenta algo comenzó a cambiar en mi.

La angustia de los domingos a la tarde por que el lunes debía volver al estudio contable era tremenda, la carga moral y espiritual de estar haciendo las cosas no demasiado bien como contador, no quería llevarla mas. En esos contextos de crisis fallece mi perra (bueno, la quería mucho) después mi suegro y luego mi viejo (ya se que no son comparables) pero la idea de que la vida es finita se hace palpable. Uno no esta en esta vida para siempre y si uno hace las cosas mal el único responsable por cambiarlas o no, sigue siendo uno mismo. Y cerca de los cuarenta estas a mitad de camino para cambiarlo o no.

En esa crisis es donde me reencuentro con la pintura, gracias a Dios y a mi psiquiatra, seguramente en ese orden.

Vuelvo a los talleres, con Daniel Salaverria y mi vida de a poco comienza a dividirse de lunes a viernes a la tarde el contador mas o menos formal y de viernes a domingo la pintura aparece como mi refugio, como el lugar al que nunca debí haber dejado. Y esa división en mi, se fue haciendo importante.

Todo ocurre por algo, y en ese momento de “crisis” (busco otra palabra para nombrarlo pero no la encuentro) conozco a Georg Miciu. Para mi uno de los mejores coloristas que tiene nuestro país.

Si bien con Daniel Salaverria aprendí muchísimo sobre teoría y técnica de pintura (teoría de color, distintas técnicas, armonías, composición etc. etc.) Georg aportaba la parte mística, la parte espiritual.

Entablamos con Georg una relacion bastante estrecha, en los distintos aspectos de la vida, y en eso, en una tarde de charla, vino una de esas frases que te enfrentan a tomar decisiones: “vos tenes que quemar las naves”, “vos tenes con que”, me dijo Georg como para cerrar toda una jornada de pintura en los bosques patagónicos.

En ese momento fue como si Rembrandt me hubiera elogiado un cuadro!

Lastima que al día siguiente debía volver al estudio contable.

Evidentemente no podía y no quería seguir viviendo como hasta ese momento, pero tampoco es tan fácil ni tan romántico dejar todo, cortar con el sistema e irme a vivir de la pintura en la montaña!

Era la (mas o menos) seguridad económica contra el vivir de lo que te gusta, era honorarios todos los meses contra esperemos que se vendan los cuadros, era dejar de ser lo que me pidieron que fuera contra ser uno mismo, era seguir en esas vidas “mentirosas” o ver lo que Dios quiere de mi.

No fue fácil.

Paula me apoyo muchísimo, no cualquier esposa esta de acuerdo en seguir a su marido en un cambio como este.

Admiro la fe que me tuvo.

Pero cuando uno da un paso de Fe, Dios lo bendice, y entiendo que es así, o por lo menos así ocurrió.

Después de muchas charlas tomamos la decisión de dejar todo en Buenos Aires e irnos a San Martín de los Andes a vivir de la pintura.

Fue quemar las naves.

Para muchos amigos fui un loquito, para otro un ídolo que hizo lo que mucha gente no se anima.

Desde enero de 2008 vivo en San Martín de los Andes, pintando.

Es el día de hoy que a veces me cuesta creerlo, le doy gracias a Dios cada día por eso.

No es un idilio, no es Heidi, ni la Familia Ingalls, pero no se dan una idea de la satisfacción tan grande que se siente de poder vivir de lo que uno ama hacer.

 

PD.: Hace tres años nació Giovanni, mi cuarto hijo… el aire del sur.